El Bon Iver más sintético consagra su evolución en el Primavera Sound

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Enfundado con unos cascos, Bon Iver no se separó de su tabla de mezclas | Eric Pàmies (PS)

Tras haber cancelado de una tacada diecinueve conciertos y después de haber sufrido algunos problemas con su vuelo, Bon Iver no ha defraudado al público del Primavera Sound, al que ha atrapado desde el primer minuto con una remesa de ritmos melódicos y líricos y otra de sonidos sintéticos y con garra.

Provisto de una gorra, unos cascos y una tabla de mezclas, el líder de la banda, Justin Vernon, ha iniciado el recital con “22”, un tema su último trabajo, “22, A Million”. Toda una declaración de intenciones, con la que el de Wisconsin consagra la transición iniciada con su último disco, pasando de lo melódico a lo sintético, de la suavidad al auto-tune y de la calma a la angustia.

La actuación, que se ha llevado a cabo en uno de los principales escenarios del festival, era el plato fuerte de la jornada y uno de los principales reclamos del cartel.

Con un juego de luces que facilitaba la evasión, el momento álgido ha llegado con “Holocene”, un tema de su anterior etapa, que muchos de sus seguidores han entonado con los ojos cerrados o abrazados unos a otros.

La banda norteamericana anunció en enero que cancelaba su gira europea por motivos personales, lo que le hizo descolgarse de una larga lista de actuaciones -que afectaron a París, Londres, Berlín o Bruselas-, pero de la que se salvaron unas pocas apariciones, entre ellas la del festival Coachella y la del Primavera Sound.

Bon Iver ha bailado entre dos aguas: las más calmadas, las que le encumbraron en 2007 con su álbum debut (“For Emma, Forever Ago”) y le volvieron a aupar con “Bon Iver”, su segundo disco homónimo; y las más at

revidas, las de su último trabajo, “22, A Million”, en el que se aleja de la suavidad de la cabaña de Wisconsin donde compuso su primer elepé y se acerca al auto-tune.

Tanto en lo sintético como en lo melódico, Vernon se ha mostrado frágil, en un momento en el que la angustia, la ansiedad y las incertidumbres existenciales de su música parecen ser proféticas y muchos de sus seguidores temen que el de Wisconsin no vuelva a los escenarios en una temporada.

Su público más fiel se ha reservado un sitio privilegiado durante horas y, cuando el concierto aún no había empezado y Solange tocaba sus últimos temas, un grupo de fans entonaba “Don’t look back in anger” de Oasis, convertido en un himno de paz como respuesta a los atentados de Manchester en el concierto de Ariana Grande.

Durante la actuación, un goteo incesante de asistentes intentaba entrar a la zona con mejor visibilidad, la VIP, pese a no disponer de este privilegio, alguno de ellos argumentando que tenía siete millones de seguidores en las redes sociales, a lo que la seguridad del festival contestaba que, en la vida, y en los conciertos de Bon Iver también, los seguidores no lo son todo.

El concierto ha acabado con Vernon cantado “Skinny Love” acompañado sólo de su guitarra, en una interpretación que ha logrado crear una intimidad difícil de conseguir en un macrofestival como el Primavera Sound.

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