Evian Christ lleva al límite de la resistencia física al público del Sónar

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El británico Evian Christ durante su actuación en el Sónar | EFE

Evian Christ ha ofrecido esta tarde una sesión en el Sónar no apta para personas que padecen del corazón y ha logrado llevado al límite la resistencia física de su público, con una combinación explosiva de luces estroboscópicas, beats salvajes, decibelios para parar un tren (y dos), humo y confeti.

Joshua Leary, el nombre del joven que se esconde tras Evian Christ, comentaba en Twitter esta mañana: “Llevo 25 horas sin dormir y tengo 25 luces estroboscópicas. Averiguad qué pasará esta tarde en el Sónar”.

Lo que ha pasado es que el artista de Liverpool ha dominado la pista durante más de una hora, durante la cual ha sometido al público a un sinfín de sonidos, que han ido del trance de los 90 al grime avanzado, marcado todo ellos por su sello inconfundible.

Algo más aturdidos han acabado los fans situados en primera fila, a un metro de unos potentes altavoces.

Los fieles sabían lo que se avecinaba y estaban preparados: tapones para amortiguar las revoluciones, gafas de sol (imitando al artista) para no deslumbrarse, y bebida en mano para hidratarse tras semejante sesión de electrónica. Los más novatos iban cayendo, situándose al fondo de la pista o buscando otro escenario más plácido.

Tras su actuación de 2015, Evian Christ ha vuelto a elegir el Sónar en un año en el que aspira a consagrarse con su inminente álbum debut, que llega tras su EP “Kings And Them” y su mixtape experimental “Duga-3”, ambos publicados en 2012; su segundo EP “Waterfall”, que le sirvió en 2014 para consolidarse; sus mezclas para Ben Frost, Young Thug o Kamixlo, entre otros; y cómo no, la llamada de Kanye West para que se uniera a su equipo de productores del magistral “Yeezus”.

Tras el frenesí de Christ, el recital que han ofrecido Fat Freddy’s Drop en el SonarVillage ha sido perfecto para reponerse al electroshock del británico.

La mezcla de reggae, funk, dub, soul, blues y ska ha conseguido crear un ambiente sincero de bienestar entre el público. Guitarras, teclados, voces y un arsenal de instrumentos de viento han animado a un público que, con las manos alzadas, ha celebrado cada arranque virtuoso de los siete músicos.

La banda neozelandesa ha ofrecido su último disco, “Bays”, su trabajo más electrónico hasta la fecha, que se ha convertido en la excusa para volver al Sónar, festival que ya visitaron en 2006 y al que han traído de nuevo una tonelada de armonía y magia, ideal para la programación vespertina del festival.

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